Cuando la sobreprotección te impide crecer: cómo puede afectar a la vida adulta

La sobreprotección suele nacer del amor y del deseo de evitar el sufrimiento. Cuando somos pequeños necesitamos que nos cuiden, nos protejan y nos acompañen. Sin embargo, cuando esa protección se mantiene durante demasiado tiempo y evita que el niño o la niña experimente la frustración, la responsabilidad, el esfuerzo o las consecuencias de sus decisiones, puede dificultar el desarrollo de la autonomía.

Los efectos de una infancia sobreprotectora no siempre son evidentes durante la niñez. En ocasiones aparecen años después, cuando la persona adulta tiene que enfrentarse a situaciones que requieren iniciativa, responsabilidad y capacidad para tomar decisiones.

La relación con el dinero, el trabajo, la pareja, los hijos, los conflictos, la autoexigencia o incluso la dificultad para encontrar un propósito personal pueden estar relacionados, en algunos casos, con aprendizajes que comenzaron durante la infancia.

Esto no significa que toda persona sobreprotegida vaya a desarrollar estas dificultades, ni que la sobreprotección sea la única explicación posible. Se trata de comprender cómo determinadas experiencias tempranas pueden influir en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con la vida adulta.

¿Qué entendemos por sobreprotección?

Proteger a un niño forma parte de una crianza saludable. Los adultos tienen que ofrecer seguridad, establecer límites y ayudar a los hijos cuando todavía no disponen de los recursos necesarios para afrontar determinadas situaciones.

La sobreprotección aparece cuando el cuidado va más allá de lo que el niño necesita y empieza a sustituir experiencias que podrían ayudarle a desarrollar autonomía.

Puede manifestarse, por ejemplo, cuando los adultos:

  • Resuelven constantemente los problemas de sus hijos.
  • Evitan que experimenten frustración o decepción.
  • Anticipan continuamente sus necesidades.
  • Toman decisiones que podrían aprender a tomar ellos mismos.
  • Les proporcionan aquello que necesitan sin permitirles experimentar límites.
  • Intervienen rápidamente ante cualquier conflicto.
  • Hacen por ellos tareas que ya podrían realizar de manera autónoma.
  • Intentan evitarles cualquier experiencia de fracaso.

Detrás de estas conductas suele existir una intención protectora. El problema no está necesariamente en el amor o en el cuidado, sino en que el niño puede tener menos oportunidades para descubrir algo fundamental:

“Puedo enfrentarme a las dificultades y encontrar mis propios recursos.”

Lo que aprendemos en la infancia puede acompañarnos en la adultez

Durante la infancia no solo aprendemos conocimientos.

También aprendemos, a través de nuestras experiencias, qué esperamos de los demás, cómo afrontamos los problemas, qué significa equivocarse, cómo gestionamos la frustración y cuánto confiamos en nuestra capacidad para resolver las cosas.

Si cada vez que aparece una dificultad alguien la resuelve por nosotros, podemos tener menos oportunidades de experimentar el proceso de intentar, equivocarnos, buscar alternativas y finalmente conseguirlo.

Y esa experiencia es precisamente la que ayuda a construir autonomía.

Por eso, para comprender algunos patrones de la vida adulta, puede ser interesante mirar hacia atrás y preguntarnos:

  • ¿Qué aprendí de niña sobre las dificultades?
  • ¿Podía intentarlo por mí misma?
  • ¿Se me permitía equivocarme?
  • ¿Tenía responsabilidades adecuadas a mi edad?
  • ¿Cómo se gestionaban los conflictos en casa?
  • ¿Qué ocurría cuando algo me frustraba?
  • ¿Había alguien que solucionaba rápidamente mis problemas?

Volver a estas preguntas no significa buscar culpables. Significa comprender nuestra historia.

Sobreprotección y dificultad para afrontar los conflictos

Resolver conflictos es una habilidad que también se aprende.

Aprendemos a expresar lo que sentimos, defender nuestros límites, negociar, escuchar, aceptar que otras personas pueden pensar diferente y reparar una relación después de un desencuentro.

Cuando durante la infancia los adultos intervienen constantemente para evitar cualquier conflicto, el niño puede tener menos oportunidades de desarrollar estas habilidades.

En la edad adulta esto puede manifestarse de diferentes maneras.

Algunas personas pueden evitar los conflictos porque los viven como algo especialmente amenazante. Otras pueden experimentar una gran dificultad para regular lo que sienten cuando aparece una discusión.

También puede existir una tendencia a esperar que otra persona intervenga para solucionar aquello que genera malestar.

Aprender a gestionar los conflictos en la adultez implica descubrir que un conflicto no siempre significa que una relación vaya a romperse. A veces es simplemente una situación que necesita ser hablada, negociada y reparada.

La sobreprotección y la autoexigencia

Existe una aparente contradicción que puede resultar interesante: haber sido muy protegido no significa necesariamente convertirse en un adulto despreocupado.

En algunas personas ocurre precisamente lo contrario.

Cuando no hemos tenido suficientes oportunidades para enfrentarnos progresivamente a la dificultad, podemos llegar a la edad adulta con una menor confianza en nuestros propios recursos.

Y esa inseguridad puede transformarse en autoexigencia:

“Debería saber hacerlo.”

“Ya soy adulto, debería poder con esto.”

“No puedo equivocarme.”

“Debería tener mi vida resuelta.”

La dificultad para tolerar los errores puede llevar entonces a exigirse cada vez más.

Pero la autonomía no se construye desde la perfección.

Se construye desde la experiencia.

Intentar, equivocarse, aprender y volver a intentarlo son procesos fundamentales para desarrollar confianza en uno mismo.

La relación con el dinero y la autonomía económica

La relación con el dinero también puede estar influida por lo aprendido durante la infancia.

Si una persona crece en un entorno en el que sus necesidades económicas están siempre cubiertas y no tiene que enfrentarse progresivamente a decisiones relacionadas con el ahorro, el esfuerzo, la espera o la renuncia, puede llegar a la adultez sin haber desarrollado algunas de estas habilidades.

Esto no significa que la persona vaya necesariamente a tener problemas económicos.

Pero puede resultar interesante preguntarse:

  • ¿Qué aprendí en mi familia sobre el dinero?
  • ¿Se hablaba de él?
  • ¿Se asociaba únicamente con seguridad?
  • ¿Había límites?
  • ¿Aprendí a ahorrar?
  • ¿Tuve que esperar para conseguir aquello que quería?
  • ¿Experimenté alguna vez que para obtener algo tenía que esforzarme?

La autonomía económica no consiste únicamente en ganar dinero.

También implica aprender a tomar decisiones conscientes sobre los propios recursos y aceptar que tener libertad significa, en parte, aprender a convivir con determinados límites.

Cuando la sobreprotección llega a la relación de pareja

Los aprendizajes de la infancia también pueden aparecer en las relaciones afectivas.

Si una persona ha aprendido que sentirse querida implica que alguien se ocupa constantemente de ella, puede ser fácil buscar en la pareja una fuente permanente de seguridad, dirección o solución.

Puede aparecer la expectativa de que la otra persona debería anticiparse a las necesidades, resolver los problemas o hacerse cargo de aquello que resulta difícil.

Pero una relación adulta no significa que dos personas tengan que poder con todo por separado.

Significa poder apoyarse mutuamente sin perder la responsabilidad individual.

Pedir ayuda es saludable.

Delegar ocasionalmente también.

La dificultad aparece cuando la relación se convierte en el lugar donde esperamos que otra persona haga permanentemente aquello que todavía no hemos aprendido a hacer por nosotros mismos.

Cuando llegan los hijos, la historia familiar puede hacerse más visible

La maternidad y la paternidad pueden despertar aprendizajes muy profundos relacionados con la propia infancia.

Cuando una persona pasa de ser hija a ocupar el lugar de madre o padre, aparecen nuevas responsabilidades: cuidar, poner límites, tomar decisiones y acompañar la frustración de los hijos.

Y entonces pueden surgir preguntas importantes:

  • ¿Cómo quiero educar?
  • ¿Qué quiero repetir de mi infancia?
  • ¿Qué quiero hacer diferente?
  • ¿Qué aprendí que significaba cuidar?

Comprender cómo fuimos cuidados puede ayudarnos a tomar decisiones más conscientes sobre cómo queremos cuidar nosotros.

No se trata de rechazar la propia historia.

Se trata de poder mirarla con perspectiva.

Cuando una parte de ti sigue sintiéndose como una niña

Quizá una de las experiencias más difíciles de reconocer sea la sensación de seguir necesitando que alguien se haga cargo de ti.

Puedes ser una persona adulta, tener trabajo, pareja, responsabilidades e incluso hijos y, sin embargo, ante determinadas situaciones sentirte internamente como aquella niña que necesita que alguien le diga:

“No te preocupes. Yo me encargo.”

Probablemente hubo un momento de la vida en el que necesitabas escuchar eso.

Pero crecer implica que, progresivamente, podamos empezar a decirnos:

“Ahora puedo encargarme yo.”

Esto no significa dejar de necesitar a los demás.

La autonomía no es aislamiento.

Ser adulto no significa no pedir ayuda, sino poder pedirla sin renunciar a nuestra responsabilidad.

La dificultad para encontrar un propósito propio

Otro aspecto que puede aparecer es la dificultad para saber qué queremos realmente.

Cuando otras personas han tomado muchas decisiones por nosotros, puede resultar complicado escuchar nuestra propia voz.

  • ¿Qué quiero hacer?
  • ¿Qué tipo de vida quiero construir?
  • ¿Qué me importa?
  • ¿Qué sentido tiene para mí lo que hago?
  • ¿Qué quiero aportar?

Estas preguntas pueden resultar especialmente difíciles cuando durante mucho tiempo hemos vivido siguiendo caminos que otras personas han preparado o facilitado.

Encontrar un propósito no significa descubrir una única gran misión vital.

Muchas veces significa empezar a tomar pequeñas decisiones alineadas con nuestros valores, intereses y necesidades reales.

Y para poder hacerlo necesitamos asumir progresivamente un papel activo en nuestra propia vida.

La responsabilidad como forma de libertad

La palabra “responsabilidad” puede resultar pesada.

Sin embargo, hacerse responsable de la propia vida también puede ser una forma de recuperar libertad.

  • Si soy responsable de mis decisiones, puedo modificarlas.
  • Si soy responsable de mi economía, puedo aprender a organizarla.
  • Si soy responsable de mis relaciones, puedo establecer límites.
  • Si soy responsable de mi trabajo, puedo decidir qué quiero construir.
  • Si soy responsable de mi vida, puedo empezar a preguntarme qué quiero realmente.

La responsabilidad no significa:

“Todo depende de mí y tengo que poder con todo.”

Significa:

“Hay una parte de mi vida que sí está en mis manos.”

Y reconocer esa parte puede ser profundamente liberador.

Mirar la infancia para construir una adultez diferente

Comprender la influencia de la sobreprotección no consiste en culpar a los padres ni en juzgar cómo fuimos educados.

La mayoría de los padres hacen lo que creen que es mejor con los recursos y conocimientos que tienen en cada momento.

La cuestión es qué hacemos nosotros con aquello que hemos recibido.

Podemos revisar nuestros aprendizajes.

Podemos identificar qué patrones seguimos repitiendo.

Podemos aprender habilidades que quizá no tuvimos oportunidad de desarrollar antes.

Podemos aprender a tolerar la frustración.

A gestionar conflictos.

A manejar nuestro dinero.

A tomar decisiones.

A equivocarnos.

A pedir ayuda sin delegar nuestra vida.

A construir relaciones más equilibradas.

A descubrir qué queremos.

Y, sobre todo, podemos empezar a ocupar nuestro lugar como adultos.

Crecer no significa dejar de necesitar a los demás

Quizá crecer no consiste en dejar de necesitar a nuestra familia, nuestra pareja o las personas que nos quieren.

Tampoco consiste en hacerlo todo solos.

Crecer puede significar algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más profundo:

dejar de esperar que otras personas vivan nuestra vida por nosotros.

Podemos seguir recibiendo amor.

Podemos pedir ayuda.

Podemos dejarnos cuidar.

Podemos reconocer que no sabemos algo.

Y, al mismo tiempo, podemos empezar a confiar en nuestra capacidad para hacernos cargo de aquello que nos corresponde.

Porque convertirse en adulto no significa tenerlo todo resuelto.

Significa poder decir:

“No sé cómo hacerlo todavía, pero puedo aprender.”

Y quizá ahí comienza una forma diferente de crecer.

Para reflexionar

Si te reconoces en alguno de estos patrones, puede ser interesante preguntarte:

  • ¿Qué cosas sigo esperando que otras personas hagan por mí?
  • ¿Cómo reacciono cuando aparece una dificultad?
  • ¿Me cuesta afrontar los conflictos?
  • ¿Qué aprendí durante mi infancia sobre el esfuerzo y la frustración?
  • ¿Cómo es mi relación con el dinero y con la responsabilidad económica?
  • ¿Qué espero de mi pareja cuando estoy pasando por una dificultad?
  • ¿Qué relación tengo con el error y la autoexigencia?
  • ¿Qué cosas de mi infancia quiero conservar y cuáles quiero transformar?
  • ¿Estoy viviendo de acuerdo con lo que quiero o siguiendo principalmente expectativas ajenas?
  • ¿Qué significa para mí empezar a hacerme cargo de mi propia vida?

La infancia forma parte de nuestra historia, pero no tiene por qué determinar nuestro futuro. Comprender lo aprendido es un primer paso para poder elegir, de manera más consciente, cómo queremos vivir nuestra vida adulta.

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